El arte de traducir un cómic

Cuando uno está leyendo un cómic de superhéroes, o una historia franco-belga no se para a pensar en ningún momento que esas palabras son traducciones, no son las que escribió el guionista en su idioma original sino la adaptación de las mismas a nuestra lengua.

Cuando alguien piensa en traducción lo primero que le viene a la mente es la traducción de libros, posteriormente quizá el de las películas y el debate sobre versión original o versión doblada. Pero los cómics también tienen su traducción y a pesar de ser texto como pueda ser un libro la narración y por tanto la traducción no son la misma. La traducción de un cómic está limitada a la extensión de un bocadillo al que hay que ceñirse y se trata en su gran mayoría de diálogos. Además el contar con la representación gráfica ayuda a la hora de traducir, Hernán Migoya, autor y traductor de las obras de Peter Bagge, cree que “el dibujo no sólo especifica las acciones de los personajes, sino que el ‘estilo’ de dibujo también dice mucho sobre el ‘tono’ de los textos”.

A la hora de traducir un cómic se pueden encontrar diferentes escollos que hay que sortear. Santiago García, autor y traductor de Spiderman y otros superhéroes, resalta el problema de los bocadillos ya que “hay una correspondencia física entre el texto y el espacio que ocupa en la página”. Por su parte, Marc Bernabé, traductor de manga japonés, además del problema físico hace referencia a los problemas no físicos como el “hacer que el texto sea lo más natural posible, que refleje el lenguaje oral de forma adecuada a cada hablante”. Hernán Migoya también destaca el problema del tono además de encontrar la traslación correcta de las palabras hay que encontrar “el tono adecuado. Hallar la misma naturalidad en castellano que la que se tiene en inglés”.

Uno de los puntos que suelen acabar siendo más conflictivos son los nombres de los personajes o los títulos de los cómics. En el recuerdo de los fans de Marvel está el doblaje de la película Mallrats en una escena en la que nombran a Lobezno, pero el traductor optó por la traducción literal del nombre original, carcayú.

El caso varía mucho según el tipo de cómic que se traduzca, la guía de traducción no es la misma para un cómic independiente como Odio, a un manga japonés o un cómic de Marvel. En el caso de Marvel, la editorial Panini tiene un vademécum que sirve de guía. García, explica que “cuando te encuentras un personaje nuevo al que hay que bautizar, normalmente intentas encontrar una traducción adecuada, lo que quiere decir encontrar no sólo la palabra que corresponde en el diccionario a la palabra que han utilizado en inglés, sino, y muy especialmente en los nombres, encontrar algo con una resonancia parecida, algo que en español suene molón”. Cada vez conseguir esto es más complicado debido a la cantidad de personajes ya existentes por lo que muchas veces se opta a dejar el nombre en inglés, no siempre se acierta, lo que provoca que el error se verá grabado sobre el papel y si se trata de una serie que el traductor tenga que cargar con ello en cada episodio, García apunta que “lo único que se puede hacer es tomar nota mental, autoflagelarte un poco y prometer que la próxima vez se intentará hacer mejor. Al final ser traductor tiene cierto parecido con ser delantero de un equipo de fútbol”. En el caso del manga japonés, Bernabé apunta que “en general los nombres se dejan igual al original aunque, depende del caso. Si hay un anime que se ha emitido en televisión y usaron otro nombre, si el nombre tiene una relevancia especial en el argumento, etcétera, se puede adaptar. La decisión final siempre queda en manos de la editorial”. Migoya por su parte opta por una cierta flexibilidad en los títulos ya que “muchas veces se juega con el idioma propio de la obra, así que es lógico que, con la intención de sintetizar el sentido de ésta y dotarla de cierta rotundidad comercial, el traductor pruebe fórmulas en su idioma”, además añade lo poco que le gusta dejar los títulos en inglés porque es como “capitular de buenas a primeras, como decir: dejémoslo en inglés, la lengua del imperio, para que la gente piense que la obra es más importante”.

En el séptimo arte se defiende la versión original frente a la doblada porque en el momento que le estás quitando su voz al actor pierde la mitad de su interpretación, es por ello que se suele decir que realmente no sabemos cómo actúan. En el cómic ocurre lo mismo y se pierden acentos, estilos, juegos de palabras, referencias culturales. Además resulta complicado traducir ciertas palabras, Migoya apunta que el inglés “siempre aporta nuevos conceptos a su idioma. Muchas veces, el castellano es incapaz de pintar con un solo término un concepto nuevo o excesivamente sofisticado, y hay que usar más de una palabra. Todas las traducciones españolas del inglés ocupan un tercio más de espacio que el original”. Algo similar ocurre en el japonés, Bernabé apunta que algunas palabras “con connotaciones muy específicas que no existen en el idioma de llegada y hay que sustituirlas por paráfrasis. A veces las paráfrisis no son viables porque no caben en el bocadillo” por lo que se pierden referencias de tipo cultural. Es por ello que García cree que “si quieres los matices de un texto, si quieres conocer algo en su verdadera dimensión, entonces hay que leerlo en su idioma original”.

La traducción no es un arte aséptico, sino que los traductores se convierten a su vez en guionistas para conseguir encajar las palabras y el sentido de la obra al pasarla del idioma original al idioma traducido. Ello hace que parte de la esencia del traductor quede en su trabajo y en el cómic. En el caso de las traducciones del japonés, Bernabé considera que del autor queda “bastante ya que el traductor tiene que “desmontar” la frase original japonesa, situar las “piezas” en su cabeza y volver a “armarla”. Eso hace que bastante de sus “manías” en forma de estructuras, vocabulario, etc. permeen en la traducción”, de igual pensar es Migoya que considera que en las traducciones pueden quedar “tropezones de carácter” y que por eso lo ideal es “que entre el traductor y el artista traducido haya cierta comunión de talante”. García por su parte es más visceral y considera que en las traducciones esta todo del traductor puesto que “son una obra de creación. Todas las palabras que se leen en el resultado final las ha escrito el traductor. Nunca se accede a la obra original, siempre te quedas en el intermediario, que es el traductor”.

Santiago García finaliza aclarando que “algunos lectores creen que traducir es algo equivalente a una operación matemática en el que cada palabra es una incógnita que se despeja de acuerdo a una fórmula, y así va saliendo un resultado objetivo. Pero una lengua es una herramienta cultural que hace referencia a circunstancias culturales concretas que, sencillamente, no se pueden traducir. Sólo se puede aludir a ellas, o eliminarlas si estorban para dejar el esqueleto de la obra, para dejar lo mínimo imprescindible para que un lector que lea la traducción pueda entender lo fundamental de lo que quería decir el autor de la obra original”.

La visión del traducido

Quizá la voz más experta y determinante en cuanto a las traducciones son la de los propios autores que han sido traducidos. David Baldeón, autor de Blue Beetle para DC Comics entre otros títulos, no recuerda “ningún error” y además tiene claro que “uno siempre traduce o maneja en su cabeza el texto del guión de un modo muy personal, así que si hay diferencias o cosas que yo hubiera puesto de un modo distinto, pero es una cosa muy anecdótica”. Por su parte Ken Niimura, autor de Soy una matagigantes, sí ha encontrado errores en algunas traducciones aunque tras pasar por la experiencia de traducirse él mismo algunas historias cortas se dio cuenta que “en el fondo lo que puede parecer un error en la traducción viene habitualmente de un diferente criterio respecto del de el traductor.

De las traducciones online, Baldeón opina que están hechas por fans con lo que ello implica y dejando de lado el tema piratería cree que “son encomiables los esfuerzos desinteresados y llevados por la pasión de esta gente, pero nunca o casi nunca son profesionales del asunto y se nota. Y se nota, particularmente, más en la rotulación, arte nunca suficientemente reconocido y apreciado, que en las traducciones”.

A pesar de las restricciones de tiempo, Baldeón cree que el trabajo de traducción “en general es bueno. Siempre se puede mejorar, pero el nivel es satisfactorio”. Por su parte, David Aja, autor de X-Men y Dareldevil, es rotundo: “Nunca he leído un cómic mío traducido. Eso ya dice mucho”.

La traducción de los webcómics

Además de las traducciones que los fans realizan en los cómics digitales y que su calidad varia en suma, también existen otras traducciones a nivel profesional excepto por que están hechas por amor al arte. Se trata de los webcómics traducidos. Son muchos los webcómics en castellano, pero más aún en otros idiomas, predominando el inglés. Algunos de ellos alcanzan tanta fama que sus seguidores en otros países deciden lanzarse a la aventura de traducirlos para que puedan disfrutar de ellos todos los que desconozcan el idioma original.

Este es el caso de Vicent Torres, traductor de Blue Milk Special a su versión en castellana Spanish Blue Milk Special, o de Andrés Palomino, traductor de Unspeakable Vault (of Doom) en su versión en castellano Cripta (del horror) innombrable, el cual comenzó siendo una traducción amateur que se acabo materializando en un recopilatorio publicado por Diábolo Ediciones. Ambos traducen estos webcómics sin ningún tipo de beneficio excepto el placer de hacerlo.

Además de trabajar por amor al arte una de las mayores diferencias es, como indica Palomino, que “muchas veces el traductor se puede convertir a la vez en una especia de Community Manager del webcómic traducido”, este es su caso que además de traducir las tiras se encarga del Twitter del Gran Chtulhoo, relacionado con las mismas. Torres apunta en la misma dirección al asegurar que es “traductor, webcomiquero, encargado de la web del cómic, del Tumblr, del Twitter, etc. Además de marketing y relaciones públicas”, además añade otra diferencia, que no es otra que “la libertad de traducción. No hay que responder ante ninguna editorial y, si bien hay que atenerse a los deseos de los autores, esto no supone ningún problema”.

Esta libertad a la hora de traducir también puede derivar en el abandono de las traducciones como apunta Torre. Pero también se puede tomar de manera más profesional, para Palomino “si lo haces por gusto, la presión la pones tú. Si quieres que la traducción vaya al mismo ritmo que la publicación original, tendrás que estar muy pendiente e ir a remolque del ritmo de actualización del autor”. De exacta opinión es Torres que considera que “la presión es la que uno se imponga, ya que nadie en ningún momento te ha dicho cuánto y cómo se ha de publicar”, aunque añade que “todos los que se meten en este tipo de fregados son unos masocas y en realidad disfrutan con la tensión, esa autosobreexplotación multitarea”.